Visión: Más allá de la mirada

Cuando el héroe Rama y su ejército de monos liderados por Hanuman atacaron el palacio de Ravana todos los dioses y diosas bajaron a presenciar la épica batalla. Todos, excepto la diosa Bhadrakali, que en ese mismo momento se enfrentaba al demonio Darika que amenazaba el universo de los dioses y el universo mundano por igual. Para vencerlo debió usar todas las armas que dioses y diosas le ofrendaron, pero en el transcurso de esa compleja batalla se perdió del espectáculo que presenciaban los demás dioses: la batalla de Rama y Ravana. En agradecimiento por el acto de vencer a Darika, y en compensación por haberse perdido la batalla del Ramayana, los teatros de sombras de Kerala se construyen frente al templo de la diosa. Se recrea la historia una y otra vez, año con año, para sus ojos divinos. Pero la mirada de la diosa no está solo del lado de los espectadores. La primera noche una sacerdotisa trae desde el templo un fuego sagrado. Con ese fuego se encenderán las lámparas de aceite de coco que no se apagarán hasta que se termine de contar el Ramayana. Esa sacerdotisa es conocida como “El Oráculo”. Durante la presentación los titiriteros entonan versos antiguos que han aprendido de libros en hojas de plátano que se conservan en las casas de los maestros. Miles y miles de versos que se vuelven un puente mágico con el pasado. Pero en el transcurso de la noche los espectadores pueden hacer preguntas. Sobre la salud. Sobre las cosechas. Sobre la organización de la aldea. Sobre los remedios para las enfermedades. Los titiriteros entretejen sus respuestas en los versos de la tradición, improvisando junto a las voces del pasado. Se vuelven la voz de la diosa que habla así con su pueblo. Horas y horas de pie, cantando, frente al fuego, moviendo imágenes sagradas. Más que un espectáculo teatral es un ritual, un trance, un periodo de sanación comunitaria. Los que el resto del año son simples campesinos, se vuelven durante esas noches intermediarios entre los dos mundos, la puerta es una tela sutil donde desfilan nacimientos, proezas, obstáculos, ayudas divinas, batallas, amores, muertes. Y luego nada, ni siquiera la tela permanece. Solo el silencio hasta el próximo año El Oráculo encienda de nuevo las luces detrás de la pantalla y se entonen los versos aprendidos y los versos nuevos. Con la diosa mirando desde fuera y desde dentro de la pantalla. Todo lo que fue. Todo lo que es. Todo lo que será.

Las tradiciones de teatro de sombras tienen otras historias que romantizan sus orígenes. En China un emperador reencuentra a un amor perdido en la silueta proyectada sobre su pabellón, en Turquía unos cómicos que el sultán mandó a ejecutar son representados con siluetas como si estuvieran vivos. Detrás de estas leyendas, que más bien parecen hechas para que prácticas extendidas en los márgenes de la cultura oficial puedan ser apropiadas y normadas, se esconden quizás pistas de rituales más antiguos. En la utilización del fuego como elemento fundamental. En las plegarias que las distintas tradiciones enuncian abiertamente o esconden en unas pocas palabras rápidamente mencionadas por algún personaje. En las líneas temáticas. En la constante transformación de personajes humanos en animales. Este conjunto de pistas apuntan a prácticas espirituales, y no precisamente a las de la religión oficial. 

En el Wayang Kulit de Indonesia existe un personaje que no tiene su origen en las epopeyas de India ni en las tradiciones islámicas o cristianas. Tampoco es un personaje contemporáneo, al contrario, al parecer es más antiguo que la llegada del hinduismo al archipiélago. En el teatro de sombras, Semar es en apariencia un payaso que se comporta de manera menos formal que los héroes, dioses y demonios. En realidad es de naturaleza divina y sus consejos denotan una gran sabiduría. Es tan apreciado que es el espíritu protector de Java. Es incluso considerado el elemento más sagrado del teatro de sombras. Para construir a Semar y el Gunungan, un elemento escenográfico que representa el árbol de la vida, el titiritero realiza una preparación ritual. Se piensa que Semar puede representar a los antiguos dioses, reducidos a payasos y consejeros después de la llegada del hinduismo, pero con un papel central que persiste a pesar del tiempo. Pero las huellas del animismo van más allá de estos personajes. En áreas rurales de Malasia y otras zonas apartadas de la gran región cultural que va del sur de la India a Indonesia pasando por todo el sureste asiático, el Wayang se usa con el propósito específico de sanar. 

En las ceremonias de sanación el objetivo de la presentación de teatro de sombras es, fundamentalmente, abrir el portal con el mundo espiritual para permitir que los espíritus curen al enfermo. El dispositivo completo del Wayang es esencial. La pantalla y sus alrededores se convierten en el espacio sagrado donde se colocan las ofrendas. La música del gamelan, tan de otro mundo, prepara al que será sanado para entrar en otro estado de consciencia. A diferencia de otros rituales, el titiritero, el dalang, no pierde el sentido de la realidad. Está en un estado de concentración profunda desde que inicia la presentación, y cuando llegan los espíritus su percepción se lo indica. En estas ocasiones uno de los elementos más importantes es el Árbol de la Vida. Llamado Gunungan en Indonesia y Pohon Beringin en Malasia, es un símbolo cósmico que encapsula la esencia de la vida y permite abrir la conexión entre los mundos. Después de las ofrendas y las escenas de apertura que recuerdan la importancia del balance de las energías en el universo (la enfermedad se considera esencialmente una ruptura del equilibrio entre la energía del enfermo y el mundo), aparece en escena el títere de una deidad que le informa al titiritero cuál es la enfermedad que debe curarse. Es claro que para este momento el titiritero ha alcanzado otra forma de conciencia y que el títere se vuelve una herramienta para desdoblar parte de su ser intuitivo y hablar con sí mismo desde otro lugar. Le sigue otra escena en que la música se intensifica y se prescribe la cura para la enfermedad. La cura puede variar de acuerdo al tipo específico de desbalance que presenta el enfermo. Regularmente incluye hacer que el enfermo realice ejercicios físicos específicos para el tipo de desbalance que presenta. Una de las posibles curas es poner al enfermo en el lugar del titiritero, del dalang, y hacer que manipule el títere de Sita, la esposa de Rama en el Ramayana. Es decir que en esta ceremonia se reconoce que la posición del titiritero involucra necesariamente la interacción con fuerzas espirituales, y que tomar su lugar puede provocar el movimiento necesario para sanar. El final de la ceremonia, después de cerrar el portal con más escenas en la pantalla y una actuación final de la orquesta, incluye tomar todas las ofrendas y tirarlas a un río o enterrarlas en el bosque, para purificar por última vez el espacio de las energías invocadas que pueden haberse mezclado con la enfermedad.

En China, desde tiempo inmemorial, los teatros de sombras están ligados de forma indisoluble con lo que se conoce como la “religión popular”. La religión popular china es una mezcla de creencias donde se entrecruzan cultos locales, antiguas creencias animistas, las grandes religiones y la vida comunitaria. Una de las razones del declive del teatro de sombras en China fue sin duda el esfuerzo ideológico de la revolución por erradicar cualquier forma de actividad religiosa entre la población. Desprovistos de su carácter ritual, los teatros de sombras tardaron mucho en encontrar su sitio en la nueva sociedad china. Sin embargo en los márgenes de la vida urbana, a veces a escondidas y a veces toleradas aunque no promovidas, las presentaciones de teatro de sombras siguen ligadas a las grandes ocasiones: nacimientos, matrimonios, fundaciones, construcciones y, sobretodo, funerales. Como en otros lugares, el espacio en el que el teatro de sombras se realizaba era considerado sagrado. Su sola presencia bendecía casas, templos y aldeas. La fuerza de sus historias sanaba las heridas que la muerte de un familiar o cualquier ser querido dejaba. Su forma evanescente era aprovechada por los sabios para pregonar lo absurdo del apego emocional. 

En Turquía el teatro de sombras fue absorbido rápidamente por la religión oficial. Seguramente estaba tan extendido su uso que tras intentos infructuosos por regularlo se prefirió adscribirle un origen ligado a las órdenes místicas islámicas. Resalta la famosa anécdota en la que un tribunal islámico cita a un titiritero a declarar, pues el Islam prohíbe claramente las representaciones humanas. El titiritero se habría defendido diciendo que sus siluetas tenían la sombra de un palo saliendo de su torso, y que ninguna persona podría vivir con un palo clavado en la espalda. El tribunal lo habría perdonado, lo cual más que hablar de la astucia del titiritero levanta sospechas sobre el juicio en su totalidad. Es importante recordar que los turcos provienen de Asia Central, míticamente encuentran sus orígenes en los grandes conquistadores mongoles: Gengiz Kan cercano a una figura divina. Su islamización es reciente comparada con la de otras poblaciones mediterráneas, y por lo tanto su versión del Islam está necesariamente entreverada con prácticas espirituales de las estepas. La religión ancestral era tan diversa que ni siquiera se le puede dar un nombre único. Comparte rasgos con las tradiciones chamánicas de Siberia y se extiende de una u otra manera desde la Rusia oriental hasta Anatolia. En Mongolia existe un teatro de sombras ancestral, probablemente influenciado por las tradiciones chinas. El teatro de sombras turco y el chino conservan aún muchas similitudes. La estructura de los títeres dividida en tronco, brazos, cadera y piernas. La manipulación que puede incluir una plataforma. La utilización de colores en las sombras. Los patrones de flores para decorar el “vestuario” de los títeres. Los elementos escenográficos (que no se usan ni en India ni en Indonesia). La continuidad de la tradición cultural turca se manifiesta en la lengua, en la música, en los rituales de sanación. A pesar de la adopción del Islam en Anatolia persisten infinidad de rituales que se acercan más al animismo que a la ortodoxia islámica. Es poco creíble que si los mongoles habían ya entrado en contacto con el teatro de sombras al comenzar su migración hacia el oeste, y si esa red de intercambio comercial y cultural conocida como la Ruta de la Seda se mantuvo abierta durante milenios, el teatro de sombras le llegara a los Otomanos por una ruta distinta. En el vasto repertorio de obras del Karagöz, se pueden encontrar elementos que dan cuenta de una influencia más antigua y mágica: la presencia de la serpiente, brujas y hechiceras, personajes convertidos en animales, árboles mágicos. La antigua religión animista de las estepas se deja intuir aún siglos después de la islamización.

Para comprender los poderes de sanación de los teatros de sombras tradicionales debemos contemplar un aspecto esencial: el tiempo de los teatros tradicionales es otro. Su duración es más larga, en muchas ocasiones dura toda la noche. Su ritmo también es distinto. Aún escenas de batallas que parecen frenéticas para el espectador, esto se logra por el encuentro entre una manipulación fluida (aunque no sea rápida) y una música que da la impresión de que todo sucede a una mayor velocidad. Pero es importante entender que no se espera de la audiencia que mantenga la atención durante toda la noche en la pantalla. La intención no es entretener, ni distraer, ni comunicar al mismo nivel que el teatro que conocemos. El espacio de la representación es ritual y por lo tanto la sanación opera se mantenga o no la atención del público. Por otro lado, no se presentan historias nuevas. Las historias son conocidas por la audiencia, que puede decidir quitar su atención de la pantalla y volver cuando se represente el episodio de su predilección. Recordemos también que los espectadores no son sólo las personas ahí reunidas. Una multitud espiritual, invisible a la mirada racional, también dirige su mirada hacia lo que sucede en ese espacio. Del otro lado de la pantalla los titiriteros concentran su energía en el ritual. Sea durante un corto periodo de tiempo o durante toda la noche, se mantienen en ese estado atento envueltos por la música durante un periodo suficiente para abrir los portales. Es ese el estado que en otras prácticas se alcanza mediante la meditación, el ayuno el uso de plantas mágicas. El estado en el que la mirada del titiritero puede ir más allá de sus figuras, de las sombras, de la pantalla. El estado que permite la visión: la mirada interior.