Suposición: los ecos del silencio

Al caer la noche, sobre una pantalla de lino, una pequeña llama proyecta la sombra difusa de una marioneta calada en piel. La música envuelve el ambiente y el titiritero recita viejos versos en una lengua que no toda su audiencia conoce. Por si fuera poco, las imágenes son extrañas, de perfiles alargados, decoradas con diseños extravagantes. Es evidente que la claridad no es el objetivo del teatro de sombras tradicional. Su valor no está en decir las cosas de la manera más sencilla. Ni en mostrar imágenes perfectamente reconocibles a primera vista. Ni si quiera, a pesar de sus elaborados diseños y sus epopeyas complejas, tiene como objetivo llenar el espacio escénico. El teatro de sombras tradicional dialoga continuamente con el vacío, no teme dejar la pantalla en blanco, permite largos interludios musicales donde no sucede nada. Su aliado es el silencio. 

Del otro lado, el teatro de sombras contemporáneo regresa continuamente a las siluetas realistas. Busca la fuente de luz que proyecte las sombras más precisas. Trata de controlar cada elemento de la puesta en escena. Le teme a los espacios vacíos, llena con segundos y terceros planos la pantalla. Fabrizio Montecchi, el gran sabio del teatro de sombras contemporáneo, afirma que debemos pensar en un teatro de sombras para el espectador de hoy. Para ello se debe considerar la exposición que las miradas modernas han tenido a más de un siglo de pantallas de cine, televisión y ahora pantallas digitales. Es por lo tanto un imperativo mostrar imágenes que puedan competir con la calidad de la alta definición. De lo contrario el teatro de sombras habrá perdido su pelea. 

La vieja pelea entre el fondo y la forma. Y sin embargo nada es una regla. Confundidos por un cambio demasiado rápido, en comparación con los siglos que llevan practicándose, las tradiciones de sombras buscan maneras de renovarse. Experimentan con nuevas fuentes de luz. Realizan versiones más cortas de sus viejas historias. Usan música grabada. Buscan nuevos públicos. Del otro lado los teatros de sombras contemporáneos exploran las historias más antiguas en busca de una profundidad perdida. Emanan de sociedades en crisis donde los rituales del fuego y el incienso son una llamada como la del fuego a la mariposa. Todo parecería llevar a un encuentro, un diálogo entre dos caras del mismo espejo. Pero el diálogo sigue siendo desigual. El teatro de sombras contemporáneo posee todas las herramientas de las nuevas tecnologías, tiene mayor acceso a las nuevas capitales artísticas del mundo, es realizado por personas con más privilegios: más acceso a la información global, más y mejores condiciones para crear y, sobretodo, mayor poder económico. La ruptura entre los teatros tradicionales y sus audiencias va mucho más allá del espacio simbólico que ocupaban los titiriteros en sus comunidades. Es una ruptura de una red de apoyos, económicos y comunitarios, que dejan a los maestros en condiciones frágiles. A pesar de eso, el teatro de sombras tradicional aún tiene una o dos cartas bajo la manga. El monumental acervo de conocimientos que representa el conjunto de tradiciones de teatro de sombras es un árbol cuyas raíces tocan los rincones más profundos del espíritu y cuyas ramas sostienen el firmamento. Más pronto que tarde la sociedad de las pantallas omnipresentes, de las imágenes más reales que la realidad, descubrirá en los gestos de las sombras ancestrales un manantial donde sanar una sed que seca las almas. Por lo pronto los maestros de las tradiciones esperan. No son invitados a las grandes escuelas de teatro de marionetas. Son apenas una nota folclórica en el catálogo turístico del oriente. Un nombre más en la lista del patrimonio intangible de la humanidad en peligro de perderse.

En mi experiencia, es precisamente un teatro de sombras borrosas, de formas sugeridas y no altamente definidas, incluso sin palabras, con símbolos tan antiguos que tocan a las puertas olvidadas de la memoria emocional, el que acaba por conmover más a los espectadores. No digo con esto que los experimentos técnicos del teatro de sombras contemporáneo no puedan lograrlo. Sólo quiero llamar la atención sobre el hecho de que, en un mundo inundado por imágenes digitales, las técnicas, ritmos, intenciones y estéticas del teatro de sombras tradicional, no sólo pueden encontrar un lugar, sino que pueden ser el espacio que las miradas modernas necesitan para sanarse, aunque muy probablemente no saben que lo necesitan. No por ello idealizo la capacidad de los teatros de sombras tradicionales en los contextos más urbanizados. He asistido también a presentaciones de grandes maestros chinos, que se enfrentan al aburrimiento y el desinterés del público europeo, que encuentran el ritmo demasiado lento. Me pregunto si el teatro de sombras tradicional necesita de una mirada sin prejuicios, o más aún de una mirada que ponga de su parte para recibir el tesoro que tiene enfrente. Es probable. Tengo presente también la anécdota de un grupo de estudiantes extranjeros recién llegados a Indonesia para aprender el Wayang. En la primera presentación del maestro, que duraba toda la noche, todos cayeron dormidos excepto una joven mexicana. Su capacidad de mantenerse atenta toda la noche fue tomada por el maestro como una clara muestra de interés. Recordemos, sin embargo, que los teatros de sombras tradicionales no estaban construidos para captar la atención del público a toda costa. Sus estructuras no se sostienen en ganchos que atrapen al espectador, o giros dramáticos que lo sorprendan cada tantos minutos. Estaban protegidos por el respeto comunitario a un rito que la misma comunidad solicitaba. Sus ritmos siguen los de muchas ceremonias tradicionales y recuerdan la diferencia entre las danzas rituales y sus contrapartes escénicas. La progresión es muy paulatina. Los mismos gestos y compases se repiten una y otra vez y sólo muy poco a poco los cambios van construyendo, cuidadosamente, el momento de éxtasis. Es una larga espiral que busca convocar a los espíritus. Logra también distraer a la mente racional. Se adentra más y más en las raíces del ser. Ahí encuentra su posibilidad de sanación, y ahí está también su fragilidad: la fragilidad del silencio. Sacado de su contexto ritual, un ritmo como el de los teatros tradicionales corre el riesgo de ser incomprendido, menospreciado, atacado incluso. Pero el poderío de una imagen que flota en sus bordes indefinidos y después de una épica batalla deja a solas la pantalla aún no ha muerto. En un mundo de ruido, los ecos del silencio serán de nuevo anhelados.  

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