Imaginación: La semilla de lo posible

Para nuestra mirada moderna, contaminada de pantallas digitales encendidas perpetuamente, el teatro de sombras tradicional parece salido de un cuento. No por ello se desvirtúa, ni pierde en la comparación. En la era del internet, en la que en una pantalla pareciera caber el mundo entero, los teatros de sombras brillan con luz propia. A la luz artificial de los dispositivos móviles, contraponen la ancestral magia del fuego. Frente a la velocidad delirante de las películas de acción, responden con otros ritmos, no necesariamente lentos, pero sí más orgánicos. No apelan a la distracción de las pupilas ni a la evasión que nos separa del mundo. Los teatros de sombras tradicionales le hablan a nuestro ser más profundo, nos mueven emociones olvidadas, nos conectan con el lenguaje de los sueños. Como sus mecanismos, sus estéticas no son improvisadas: son el resultado de imágenes heredadas y transformadas por siglos. La transmisión de esas estéticas no siempre sigue líneas familiares. Las relaciones entre maestros y aprendices siguen linajes caprichosos, ríos espirituales que conectan al titiritero con figuras míticas. Tampoco son, como podría creer la mirada externa, estéticas inmóviles. La tradición se renueva constantemente, se nutre de nuevas imágenes, se adapta a los nuevos contextos. La diferencia es que no lo hace desde un punto neutro, sino arropada por siglos de maestría. El titiritero que dibuja un nuevo diseño está conectado con la comunidad entera, la colectividad que forman los que están y los que fueron, los visibles y los invisibles. Lo que en un inicio puede resultar extraño, y hasta grotesco, al ojo no entrenado, cobra sentido poco a poco en su exuberante belleza. Los personajes de los teatros tradicionales modifican sus proporciones, exageran sus rasgos, se cubren de símbolos, se transforman. Una multitud de espíritus, dioses y diosas, demonios, animales, héroes, heroínas, brujas, hechiceros, desfilan por la pantalla. Incluso en la versión griega, probablemente la más humana, las proporciones se exageran hasta la farsa; las narices se vuelven una burla a los ricos, los habitantes de las montañas son gigantes, aparecen dragones y sirenas, serpientes míticas y enanos. El teatro de sombras no es de este mundo, y sus estéticas lo reafirman constantemente. Pero eso no basta para explicar los intricados diseños de los Wayang de Indonesia, sombras que parecen transparentes, como tejidas con hilos de oro, alas sutiles de libélula, copos de nieve, reflejos evanescentes. Tampoco explicaría los frescos iluminados, decorados de infinitos huecos, que forman las marionetas de sombra chinas. Un arte que requiere tanta atención, tanta dedicación, tantas horas de trabajo, tanto anhelo de belleza, apunta a motivaciones más profundas. La atención al detalle, el tejido de símbolos, recuerdan a otras artes: la repetición de patrones que reflejan el infinito en los templos, los altares preparados durante días para luego ser borrados. El teatro de sombras tradicional no habla sólo con los espectadores, habla con sus almas y, a través de estas, con el mundo de los espíritus. Los títeres no son juguetes, ni simples objetos teatrales. Los títeres y sus sombras son instrumentos sagrados, intermediarios con el otro plano, y como tales merecen toda la energía creativa del titiritero, la más grande maestría de las manos creadoras. Para lograrlo, cada tradición desarrolló sus propias herramientas para cortar la piel. Los calados son la huella de esas herramientas. Y son también un diálogo con las más amplias tradiciones artísticas de cada territorio. En una marioneta Wayang se puede contemplar la historia de Indonesia. Las influencias de India, las tradiciones animistas locales, la llegada del Islam, las presiones europeas. 

En otras latitudes, los titiriteros reclaman la libertad como su valor más grande. Imaginan a las tradiciones encajonadas en patrones que las ahogan. Pero la libertad contemporánea se topa rápidamente con dos límites: los instrumentos y los materiales. El otro límite probablemente sea de corte estético, de esto hablaré más adelante. Al descartar la piel quedan como opciones los cartones o, más recientemente, los acrílicos. Como otra opción es importante mencionar que una de las grandes referencias del teatro de sombras contemporáneo, la compañía del Chat Noir, recortó sus siluetas en placas de zinc. El cartón es maleable, con la ayuda de un exacto y paciencia se pueden hacer calados interesantes que producen siluetas en blanco y negro con algunos detalles dentro. Ya que hablamos de cartón mencionemos a otra de las referencias de los titiriteros contemporáneos de sombras: la austriaca Lotte Reiniger. En las primeras décadas del siglo XX, equipada con cajas de luz y prodigiosas siluetas recortadas en cartón produjo y grabó cortos y largometrajes de animación cuadro por cuadro que sin duda recuerdan al teatro de sombras. El cartón puede presentar dos problemas: el primero sin duda es que es efímero, el segundo que es opaco: se pueden calar patrones dentro de las siluetas pero no se pueden colorear las sombras. Los acrílicos sí pueden ser transparentes, con la ayuda de pintura para vitrales o incluso con plumones se pueden colorear las siluetas. El problema es la dureza. Son difíciles de cortar. Pueden usarse arcos de joyería, sierras caladoras o tener la paciencia de pasar por los cortes varias veces el exacto. Se invierte mucho tiempo y los resultados no son siempre los esperados, aunque hay quien sin duda lo logra. El límite estético parece tener que ver con visiones artísticas heredadas. Por alguna razón que sería motivo de una más larga reflexión el teatro de sombras europeo, y sus versiones posteriores en otras latitudes, parece inclinarse más por la silueta realista. Desde el Chat Noir en el siglo XIX en París, pasando por Lotte Reiniger, hasta nuestros días, una gran mayoría de los titiriteros de sombras han preferido siluetas opacas de corte realista. Eso sin duda reduce las posibilidades. Lo que no se logra ni con los materiales, ni con los diseños, ni con las herramientas, se intenta compensar con las fuentes de luz. Entre otras cosas, la modernidad nos ha dado un panorama gigantesco de fuentes de luz. Desde las clásicas bombillas hasta los más modernos led, pasando por proyectores, efectos digitales y retroproyectores, las posibilidades de iluminar la pantalla sin duda han crecido. Los límites se han roto también en la pantalla, las sombras se escapan de las telas y se proyectan en los muros (como en los primeros tiempos) o se mezclan con siluetas de actores. Sin duda un gran campo de experimentación.

Los teatros de sombras tradicionales no se quedan atrás, incluyen las nuevas fuentes de iluminación, experimentan fuera de sus pantallas, cuentan nuevas historias. Pero lo hacen sostenidas por sus propias trayectorias milenarias. Sus materiales y herramientas les dan ya un abanico mucho más amplio de posibilidades. Sus objetivos probablemente también. El contacto con el mundo de los sueños abre visiones que están mucho más allá del límite de la mente racional. En su prisión de cristal, Europa no sólo se olvidó de las artes de los otros pueblos, se separó de los espíritus ancestrales y se encerró en la razón. Los teatros de sombras tradicionales no sólo se alimentan de una historia artística milenaria, sino de una conexión profunda con las raíces del mundo espiritual. Detrás del velo de ilusiones, en el centro del fuego, aletea una mariposa que carga un secreto ancestral: la semilla de las mutaciones, el océano en una gota de agua, toda la luz del universo en un reflejo. En un lugar muy adentro, muy antiguo, los títeres de sombras tradicionales se conectan con un manantial de apariencia inagotable: la imaginación.