Ilusión: el velo de Isis

En el antiguo arte del teatro de sombras otomano, el Karagöz, la palabra utilizada para referirse a las sombras es Hayal : una palabra de origen árabe de significados múltiples que deja entrever, como una pantalla, las esencias que componen el teatro de títeres de sombras. Hayal es sueño, el sueño poblado de imágenes brumosas en el que un ser más profundo nos envía señales, el sueño que a veces sobrevive a las horas de la noche y al salir el sol se entrevera con los dibujos que un titiritero va trazando sobre una piel. Hayal es por tanto también imaginación.

En el teatro de sombras turco del Karagöz, la tela sobre la que se proyectan las sombras lleva el nombre de perde. Palabra de origen persa que significa también cortina, pantalla, red y velo. La antigua palabra persa está además vinculada con el origen de otra palabra: paraíso. El velo que separa las imágenes de los sueños de sus hacedores, las sombras visibles a los espectadores de los titiriteros detrás, es sutil y es fuente de metáforas sobre el universo. 

En cualquier sitio donde la tradición del teatro de sombras echó raíces, la pantalla se volvió un objeto sagrado y un símbolo del velo que nos separa de la verdadera esencia. Mucho antes, en Grecia, Platón enunció la famosa alegoría de la caverna. Un grupo de personas se encuentran encadenadas dentro de una caverna desde su nacimiento, obligadas a mirar siempre hacia dentro de la cueva. A sus espaldas, detrás de un pequeño muro, unos titiriteros mueven figuras que proyectan sombras dentro de la caverna. Las personas dentro de la caverna conocen sólo esas sombras, y desconocen las figuras que las producen. Así sería, de acuerdo a Sócrates en palabras de Platón, nuestro conocimiento del mundo. ¿Existió un teatro de sombras en Grecia? ¿Usaron los cultos mistéricos de Eleusis, Delfos o Epidauro dispositivos de proyección de sombras para provocar visiones colectivas? 

En Kerala, en el sur de la India aún florece el Tholpavakoothu, un teatro de sombras ritual cuyas primeras referencias podrían datar de hace miles de años. Los teatros de sombras de Kerala son fijos y están construidos con la pantalla orientada hacia el templo de una antigua diosa, la presentación se hace sobre todo para su mirada divina. La historia se cuenta durante una serie de noches, entre 7 y 72 dependiendo del templo. La primera noche se trae el fuego desde el templo y con él se encienden 21 lámparas de aceite de coco. La pantalla de lino de casi 13 metros se renueva año con año. Al terminar la historia tras tantas noches y habiendo desfilado por la pantalla hasta 400 personajes, el titiritero principal corta la pantalla en tantos pedazos como titiriteros hay en su grupo, y les entrega un pedazo a cada uno. Año con año la tela blanca es erigida de nuevo, bendecida con incienso, llenada de imágenes, y luego destruida. Es el universo que se crea y se destruye ciclo tras ciclo. 

En China, donde el teatro de sombras toma tantas formas como su diversa cultura, la pantalla es tan delgada que es fácil entrever las siluetas de los titiriteros detrás. No hay nada oculto, no es un acto de ilusionismo, la metáfora es otra. El Wayang Kulit de Indonesia va mucho más allá. El espacio completo de la representación es sagrado mientras esta dura. La pantalla es una de las más grandes en los teatros tradicionales. De un lado se proyectan las sombras de los estilizados títeres, del otro un solo titiritero, el dalang, manipula durante toda la noche una multitud de personajes acompañado por una orquesta. Los espectadores se colocan delante y detrás de la pantalla. Es igualmente atractivo para ellos ver la representación del lado de las sombras o del lado del titiritero. La pantalla es sólo la convención, el espacio en el que se proyectan las imágenes. 

Para el hinduismo, fuente de la mayoría de las historias de los teatros de sombras de India y el sureste asiático, existe un poderoso concepto que recuerda a la pantalla de sombras: el velo de Maya. Maya, en sánscrito, significa literalmente: la ilusión. En distintos textos y en distintas tradiciones, Maya es a la vez la fuerza de esa ilusión que en la intrincada belleza del mundo nos oculta su esencia, un demonio que nos tienta con el apego a lo que perciben nuestros sentidos, o simplemente una faceta del conocimiento. El velo no siempre es un demonio, sin el velo la intensidad de la luz nos cegaría. Sin la pantalla, las imágenes producidas por las sombras se perderían, solo veríamos desfilar unas siluetas confusas a contra luz. El velo suaviza la luz que nos cegaría, la pantalla suaviza esa luz y la refleja suavemente sobre todos los seres. En la tradición oral turca se ha atribuido el origen del teatro de sombras a un maestro sufi, el Sheikh Kusteri, de quien se cree es la autoría de la siguiente perde gazeli: 

Mira la pantalla con atención y contempla

que el manto de los cielos ha sido ya dispuesto

y Aquel que lo ha colocado

proyecta sobre él

las siluetas de hombres y mujeres que Él mismo ha creado.

Es Él quien elige qué actitud y qué voz darle a cada uno.

Observa con atención y entiende

que un día Aquel que encendió la luz la apagará,

y entonces, sólo quedará Él.

Así, observa el teatro de sombras con atención, y comprende.

En el antiguo Egipto existió una diosa poderosa, heredera de diosas más antiguas y precursora de las diosas que le siguieron: Isis, madre y hechicera. El historiador griego Plutarco afirmó que bajo una estatua de la diosa se encontraba la siguiente inscripción: “Soy todo lo que ha sido, y lo que es, y lo que será; y ningún mortal ha levantado nunca mi velo. El fruto de mi vientre fue el sol.”